Papa Francisco

«En Fátima la Virgen eligió el corazón inocente y la sencillez de los pequeños Francisco, Jacinta y Lucía, como depositarios de su mensaje. Estos niños lo acogieron dignamente, tanto como para ser reconocidos como testigos fiables de las apariciones, y convirtiéndose en modelos de vida cristiana. Con la canonización de Francisco y Jacinta, he querido proponer a toda la Iglesia su ejemplo de adhesión a Cristo y el testimonio evangélico, y además, he querido proponer a toda la Iglesia el cuidado de los niños. Su santidad no es consecuencia de las apariciones, sino de la fidelidad y del ardor con el cual ellos correspondieron al privilegio recibido de poder ver a la Virgen María. Después del encuentro con la “bella Señora” —así la llamaban—, ellos rezaban frecuentemente el Rosario, hacían penitencia y ofrecían sacrificios para alcanzar el final de la guerra y por las almas más necesitadas de la divina misericordia. Y también hoy hay mucha necesidad de oración y de penitencia para implorar la gracia de la conversión, para implorar el final de tantas guerras que hay por todos lados en el mudo y que se extienden cada vez más, así como también el final de los absurdos conflictos grandes y pequeños, que deforman el rostro de la humanidad. Dejémonos guiar por la luz que viene de Fátima. Que el Corazón Inmaculado de María sea siempre nuestro refugio, nuestra consolación y la vía que nos conduce a Cristo». (Regina Coeli 14 de mayo 2017)

Aquí está el discurso en su fuente original.

 

«Un gran signo apareció en el cielo: una mujer vestida del sol», dice el vidente de Patmos en el Apocalipsis (12,1), señalando además que ella estaba a punto de dar a luz a un hijo. Después, en el Evangelio, hemos escuchado cómo Jesús le dice al discípulo: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27). Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de hace cien años. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. En la estela de luz que seguían con sus ojos, se posaron los ojos de muchos, pero…estos no la vieron. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. Pero ella, previendo y advirtiéndonos sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida ―a menudo propuesta e impuesta― sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, vino a recordarnos la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre, porque, como hemos escuchado en la primera lectura, «fue arrebatado su hijo junto a Dios» (Ap 12,5). Y, según las palabras de Lucía, los tres privilegiados se encontraban dentro de la Luz de Dios que la Virgen irradiaba. Ella los rodeaba con el manto de Luz que Dios le había dado. Según el creer y el sentir de muchos peregrinos —por no decir de todos—, Fátima es sobre todo este manto de Luz que nos cubre, tanto aquí como en cualquier otra parte de la tierra, cuando nos refugiamos bajo la protección de la Virgen Madre para pedirle, como enseña la Salve Regina, «muéstranos a Jesús». (Homilía en Fátima, 13 de mayo 2017)

Aquí está el discurso en su fuente original.

Vuelve a: EL ROL DE LOS NIÑOS EN LA IGLESIA

Armata Bianca

Movimento Ecclesiale

© 2007-2026 Armata Bianca - Tutti i diritti riservati. Vietata la riproduzione.